Los "piojos" llueven sobre los niños. Ellos los atrapan y los clasifican por etapa de vida según su color. Si aciertan, suman puntos y la pelota sube al techo para volver a caer. Si fallan, regresa al piso para intentarlo de nuevo.
El juego enseña el ciclo de vida del piojo de la forma más directa: clasificando. Cada color es una etapa, y los niños aprenden a distinguirlas con las manos, no con un cartel.
El huevo. Va pegado al cabello, es diminuto y difícil de ver. De aquí empieza todo.
El piojo joven, recién salido del huevo. Más pequeño que el adulto y aún no se reproduce.
El piojo completo. Se mueve rápido, se alimenta y pone nuevas liendres. El ciclo se reinicia.
El sistema reconoce el color de cada pelota y decide solo si el niño acertó. El corazón de la experiencia es esa discriminación de color, que ocurre sin que nadie tenga que supervisarla.
Desde el techo se libera una lluvia de pelotas de tres colores sobre la zona de juego.
Las recoge y las mete en el cono de la etapa que cree correcta, según el color.
Un sensor verifica el color real de la pelota y lo compara con el cono donde la pusieron.
Decide al instante: la correcta sube al techo, la equivocada regresa al piso de juego.
Dos pantallas acompañan el juego: un cronómetro de ronda y un marcador de puntos, en displays LED de alta visibilidad.
La experiencia es la misma en las tres. Lo que cambia es cómo las pelotas acertadas regresan al techo. Cada ruta tiene su carácter, y con el presupuesto disponible conviene elegir una.
Una banda con cubetas sube las pelotas al techo de forma continua, como un elevador de silo en miniatura.
Una turbina dispara las pelotas por un tubo transparente. Salen volando al techo en tiempo real al acertar.
Las pelotas acertadas se juntan abajo y, al reiniciar la ronda, una plataforma las sube y las vuelca de golpe.
Costos aproximados con IVA, pensados para comparar las tres rutas. No son una cotización formal cerrada; los montos finales se afinan con proveedores una vez elegida la opción.
Con este monto no se puede tener todo a la vez: el espectáculo en tiempo real de la succión, el silencio absoluto y cero mantenimiento, todo junto. La buena noticia es que la opción más robusta es justo la que cabe en el presupuesto.
Los costos incluyen el desplazamiento y los fletes entre el taller (Cuautla, Morelos) y el museo (CDMX). Una opción de mantenimiento y refacciones puede contratarse aparte para una vida útil más larga.
La experiencia recibe hasta 400,000 visitantes al año. Cada pieza que se mueve está pensada para ese ritmo, no para una demostración.
Componentes de grado industrial en todo lo que recibe uso constante: sensores, motores y estructura.
El transporte sube las pelotas la altura completa del espacio y las devuelve a la zona de juego.
El sistema cuenta, clasifica y recircula solo. El personal del museo no tiene que operarlo pelota por pelota.
En cuanto definan el sistema de transporte, preparo la ficha técnica de fabricación y el plan de obra. Nuestra recomendación es la banda de cangilones: es la más resistente, la más silenciosa y la única que cabe en el presupuesto.
Recomendación: banda de cangilones · ≈ $399,000 con IVACubetas atornilladas a una banda recogen las pelotas abajo y las suben al techo de forma continua, como un elevador de silo en miniatura.
Una turbina succiona el aire y dispara las pelotas acertadas por un tubo transparente hasta el depósito del techo, en tiempo real.
Las pelotas acertadas se juntan abajo. Al reiniciar la ronda, una plataforma sube hasta el techo y las vuelca de golpe en el depósito.